martes, 9 de junio de 2015

Villa Malcolm



—No sabés la que me pasó. 
—Uf, ¿ahora qué, boludo? 
—Nono, tranqui. Pero fue medio un flash… 
—… 
—El jueves fui a un fulbito que me invitó un amigo. Villa Malcolm, ¿ubicás? 
—Sí, jugué un par de veces ahí. Es una olla a presión esa cancha. 
—Bueno, nada. Caigo, no conocía a nadie y en eso lo veo al chabón. 
—¿Qué chabón? 
—El que ahora sale con Car. ¿Podés creer, boludo? 
—Pará, pará… ¿Cómo sabés que era él? 
—Boludo, si no me llevo el premio al stalker del año, pega en el palo. Te digo que era el pibe, lo ubiqué al toque de unas fotos que le vi en el Facebook a ella… o en Instagram, no sé, alguna de esas garchas. 


 Era él, sin dudas. Con su carita de hipster a medio cocinar, flaquito, barba desordenada y pensada “para las chicas” —porque a las chicas le gustan bocha las barbas—. Era él. Camiseta de fútbol retro color verde, con número gastado en la espalda y pintada al cuerpo. Cara de nada, te juro, DE NADA. Y ella, sin embargo, se desvive por este pibe. No sé qué onda. El amor es una hermosa y exótica bestia que muy poca gente logra domesticar, no queda otra. Nunca voy a entender los ocultos mecanismos de la pasión, del encantamiento. No entiendo qué pases mágicos hará la química del cuerpo para cantar “Bingo” a dúo en un quilombo de cuerpos estallados de revolución y fantasía. No entiendo el porqué de la sonrisa en la cara de ella. No entiendo el porqué del gesto tranquilo y pausado en la cara de él. Estoy buscando fantasmas entre las faldas del tiempo. Estoy boxeando bajo el agua con la proyección de un wing derecho al que no le conozco la voz, pero sí las intenciones. Encima el chabón la mueve, ¿ella lo habrá visto jugar al fútbol? ¿A cuántas minas habrá enamorado con su look de futbolista despreocupado mientras tira magia con la pelota? Me acuerdo cuando Car me contó que se estaba viendo con otro flaquito. “Te tuve que haber contado antes. Perdoname, no te quiero lastimar” y todo el pelotón de frases hechas que en ese momento no hacían más que adornar el infierno de puteadas internas que desataba con silenciador. Y de repente, a ese flaquito lo tenía frente a mí, con medias hasta las rodillas y unos botines que resultaron ser unas zapatillas de tela viejas. El pibe tiene la cara planchada de paz porque sabe que después de ese fulbito de jueves, llega a su casa, el vapor de la cocina inunda el ambiente y la voz de ella resuena entre las paredes con un “Pegate un bañito rápido que la cena está en 10 minutos”. Acto seguido la agarradita por la cintura mientras ella prueba la salsa, el beso en el cuello, la cena, el vino, la charla, la fiaca, la cama, los besos, el amor. Está todo bien en esa secuencia. Este fulbito es un fulbito más. Es otro jueves que después de un par de pases y piques cortos, va a terminar con vuelta olímpica en la cama, con la cara de ella sobre el pecho de él, con el murmullo de una peli que dejaron por la mitad de fondo. Y yo peleando cada pelota como si fuera la última, porque este es mi partido, esta es mi final. Un jueves de noche, en Villa Malcolm, con todos tipos rotos y maltrechos como yo. Sabella, no me llevaste al mundial, no te la perdono. El fútbol también crece en codos transpirados de la noche como este. Acá dejo la vida, el corazón. Cuando llego a casa sólo tengo el eco de mi respiración, la soledad a los gritos, la comida fría del mediodía, el zumbido de la luz de tubo. Cuando llego a casa, arrojo los huesos en un rincón y dejo que la ducha caliente me traiga de nuevo a la vida. Porque estoy solo, Sabella. Porque la cabeza la tengo en esta cancha, mientras corro hasta donde me dan las piernas y trato de anticipar las jugadas 2 o 3 casilleros antes que el resto. Porque ella lo eligió a él, y está bien que así sea. Simplemente no se enamoró de mí, a veces pasa. Le pasó, nos pasó. 


—NO ME JODAS, BOLUDO. ¿El sabe quién sos vos? 
—Nah, qué va a saber… 
—Contame, ¿lo raspaste?, ¿le diste?, ¿qué pasó? 
—Nos tocó jugar juntos. El pibe es súper ligero, vuela… y encima no es morfón. Me hizo un montón de pases filtrados y en una definí de emboquillada al arquero. 
—Ah, perdón, “Messi y Neymar”. Ahora son “amigas”, dale. 
—Ni un poco eh, pero el fútbol es mi casa. Y en mi casa te doy la bienvenida.




6 comentarios:

Ludmila dijo...

Muuuuuuuuuy bueno

Leila Gomez dijo...

Como siempre, es un lujo. Increible como palabra tras palabra me meti en el fulbito, en la cama, en tu casa con luz de tubo. Uf, que dificil dejar de leerte pola!

Srta A dijo...

Increíble. Me quedo con esto: "El pibe tiene la cara planchada de paz porque sabe que después de ese fulbito de jueves, llega a su casa, el vapor de la cocina inunda el ambiente y la voz de ella resuena entre las paredes con un “Pegate un bañito rápido que la cena está en 10 minutos”. Acto seguido la agarradita por la cintura mientras ella prueba la salsa, el beso en el cuello, la cena, el vino, la charla, la fiaca, la cama, los besos, el amor. Está todo bien en esa secuencia."

Heliana Pi dijo...

lo que escribis siempre es todo lo que esta bien en el mundo

El baterista que escribe dijo...

gracias linda! ❤

El baterista que escribe dijo...
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