lunes, 11 de enero de 2016

Mayúsculas, emojis y magia








Ya pasó 1 mes desde que te escribí un mail que nunca te mandé –sí, hago esas cosas a veces-. Cuestión que me mira desde “Borradores” con un (sin asunto) que espera el retorno, el cierre, la estocada final. Desde ya te digo que ese mail nunca te lo voy a mandar, prefiero dejarte esta montaña de duda envuelta en un paquetito de papel invisible y volcánico. O quizás sí te lo mande, andá a saber. Tiene que ser alguna noche, borracha, mientras scrolleo infinitamente en nuestro chat de Facebook donde disparábamos mayúsculas, emojis y magia. Qué loco volver a leer todas esas cosas. Tirábamos manteca al techo, éramos el Diego haciendo jueguito con una de tenis, éramos todo este universo entero y a los pedos, en las palabras de dos locos manijas tomándose todo el tiempo del mundo. Vos no tenés idea del cachetazo que fuiste y que sos para mí. Sos este vientito lindo de verano en mi balcón, el que me peina los pies. Sos el abrazo que pido en silencio cada vez que me caigo, cada vez que me raspo, cada vez que no estás. El perro me huele todas las ganas de verte que tengo, sólo espero que no se le ocurra ponerse a ladrar a cualquier hora, delatando todo este deseo que guardo en frasquitos con tu nombre. Hay días que todo esto que me pasa se rasca la panza y hace un poquito la plancha. Pero hay días que el volumen está en 10, que la piel multiplica todos sus poros y que tu voz suena hasta en mi panza. También hay días que Juli. 

        —Ya pasó 1 mes. 
        —Sí, Juli. Ya sé. 
        —¿Te sigue inundando la cabeza? 
        —Sí, un montón. 
        —Me tenés cansada.



Hace unos días pasó lo más sin sentido que te puedas imaginar: Fausto me habló de vos sin saber quién carajo sos. Se entiende, ¿no? El corazón casi se me vuelca sobre el sillón y su remera nueva. Hubiera sido un verdadero enchastre. Se acercó una noche hasta mi regazo, reptando entre el silencio de la casa y un jazz viejo y apagado. Yo estaba leyendo esa novela que me recomendaste la vez que nos conocimos, la que en cada renglón inventa una manera nueva de traerte hasta mí, como sea, cuando sea. Levantó el celular frente a mis ojos y me dijo “me gustó mucho esto, lee”. Era un texto tuyo, congelado en la pantallita del celular. Sí, uno en el que hablás de Riquelme, de un galpón lleno de besos, de Dave Matthews Band en vivo, de mí. Era un PUTO texto tuyo y no tengo ni la más remota idea de cómo pudo haber llegado a sus manos. Imaginate mis ojos, mi pelo revuelto, mis manos como cascadas, mi panza como un telar de nervios y banquinazos. La lengua se me volvió una calle empedrada y el silencio infinito entre su pregunta y mi respuesta casi nos manda al descenso. “A ver…” dije tratando de parecer desinteresada y lo leí. Lo leí como si fuera la primera vez. Como si leerte se tratara de desteñir todas las remeras que tienen tu olor y las pisadas de tus manos. Te juro que lo leí como si masticara lentamente tu boca en un beso adentro mío, bajo el radar de lo obvio y peligroso. “Sí, es lindo…”, atiné a decir. Y en ese momento me sentí más desnuda y vulnerable que nunca. De repente estabas adentro de mi casa, en patas, abriendo la heladera sin permiso. Estabas ahí, acariciando el lomo del perro, mirándome directo a los ojos con esa mirada de siempre. Estabas entre nosotros, como un recuerdo viejo que no me entra en el puño cerrado. Tuve muchísimo miedo, quiero confesarlo. Tuve terror de pensarte un poquito de más y que se me note en la cara todo este quilombo de preguntas y nudos que me provocás. 

¿Por qué te escribo este mail? La verdad que no tengo idea. ¿Por qué no puedo soltarte bajo ningún punto de vista? Quizás porque siento muy dentro mío que alguna vez voy a dejar de escribirte mails para, de una buena vez por todas, agarrarte la mano y decirte día a día todo esto que me quema. Todo esto que me camina encima, que me deja huella, que me marca el cuero y los tatuajes. Porque confío en que un día de estos voy a dejar de dar vueltas sobre mis propios pies, para poder acompañar los tuyos. Pero ya sabés, me muero de miedo. No te lo digo, pero lo sabés. Te lo dicen mis ojos, mis notas de voz cada vez que intento ordenar mis ideas. Te lo dice mi boca que se tropieza sobre la tuya cada vez que nos vemos. Te lo dice todo este cuerpo grande y acomodado a golpes que se desmorona cuando me tocan tus manos. Yo ya no sé qué hacer con vos, posta. Me cansé de buscar explicaciones. Me cansé de tratar de entender todo este sismo, este ritmo contagioso, este imán imposible de cosas imposibles. Quiero colgarme de tu balcón para que me hables de París, TU París. Que me cuentes de las imbéciles que te rompieron el corazón, de las calles que guardan tus historias. Eso quiero: escucharte hasta el hartazgo, que se haga de día cada noche, incansablemente. Te juro que busqué razones para olvidarte, para enojarme, para pensar que sos un pelotudo y chau. No encontré nada, no tiene caso. Estás ahí titilando cada vez más fuerte y me obligás a inundarme la cara con esta luz blanca que escupe la pantalla mientras sigo tipeando este mail que no sé cuándo voy a terminar. Son las 4 de la mañana y mi casa es un ronquido que ya me sé de memoria. Me doy cuenta de que necesito la sorpresa. Necesito el descubrimiento diario en mi vida. Que cada día me digas una palabra nueva y que la anotemos en una especie de glosario que inventamos. Que me cuentes una historia nueva entre mates y sábanas, que me prometas que cada día va a ser mejor que el anterior, pero más flojito que el que sigue. Necesito amigarme un poco conmigo y aceptar que puedo estar equivocada. Como me dice Juli: “Boluda, aceptá lo que te pasa, abrazalo fuerte. Es la única manera de hacer las paces con todo eso que ya no te va a tapar por la noches”. 

El otro día tuve un sueño rarísimo que te quiero contar. Resulta que estaba caminando por mi barrio, paseando al perro. Tenía puesto el vestidito de la suerte, ese que es un estornudo de colores y combina con todas las birras del mundo, sabés de cuál te hablo. Y en eso, pum, te veo. Ibas con tu caminar cansado, mirando para cualquier lado. Entonces corrí hasta vos y tus ojos se agrandaron tanto que casi me caigo de cabeza con perro y todo adentro tuyo. Nunca te vi tan sorprendido, fue raro. Me acuerdo que caminamos un montón, que hablamos sin parar hasta que se nos aflojaron las piernas. Estabas radiante, lindo como nunca y un poco incómodo. La boca se te derretía de los nervios y te la acomodabas con la mano, disimuladamente. Anoté ese gesto junto al de cómo te agarrás la cara cuando pensás y al de cómo me mirás de reojo con picardía mientras fumo. En un momento llegamos hasta la arbolada de la calle Tamborini, donde descansan las cotorras durante el verano. Ahí empezó el quilombo. Una especie de remolino descendió en ese momento desde el cielo y el griterío de las cotorras de repente se mezcló con todos los goles del Poli, con la Avenida Crámer que me da mucho miedo para andar en bici, con todos los clones que tenés dando vueltas y no paro de ver cada vez que salgo a la calle. También con un vino tinto (o quizás tres), con ese sillón ideal para la siesta, con una dedicatoria que me dejaste en un libro. Con una terraza, con el atado de puchos que dejé en tu casa, con una entrada de un reci al que no fui. Se mezcló con “Mirrors” mientras me saco el vestido y te digo las cosas que te digo. Nos abrazamos fuerte y te juro que de la nada hubo silencio, como un blanco absoluto. Sólo sentí tu respiración en mi cuello y ahí fue que me di cuenta de que todo esto que vengo escribiendo, pateando, atajando y sintiendo, realmente está vivo. Ahí te sentí más claro y cerca que nunca. En ese abrazo sentí que no te quería soltar nunca más. ¿Sabés lo que es sentir eso? ¿Sabés lo que es despertarse llorando y temblando, cruzando los dedos para que todo eso fuera real? Yo te quiero para mí, aunque todavía no lo sepa. Yo te quiero entre mis cosas, escondiéndome las llaves cuando tengo que salir y me obligás a quedarme en la cama un ratito de más.

El perro acaba de saltar sobre la cama pidiendo paseo mientras el cuerpo se me vuelve un nudo marinero de amor, qué oportuno. Me apuro a salir, a prender un pucho y bucear en el cemento. Te quiero ahí de nuevo, pero esta vez despiertos. Son las 4 y pico de la mañana y mi hermano me acaba de dar la peor noticia: se murió Bowie. Estoy destrozada, no puedo escribir más. Necesito un abrazo tuyo más que nunca.




Te dejo un beso. 
Te lo doy en un rato. 



*Asunto: Mayúsculas, emojis y magia*


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jueves, 10 de diciembre de 2015

Las trenzas








El otro día me pasó algo totalmente idiota y hermoso que tiene que ver con vos, pero no te lo pude decir en el momento porque tengo “la mano prohibida”, como los boxeadores. Hoy, después de pasar dos semanas en una isla de confusión y nubarrón mental, puedo retomar este mail. Hoy por fin paso de esa primera oración que agitaba en el aire otro de esos movimientos ocultos que pactás con el universo para pegarme piñitas en las costillas y joderme con amor. Sabés que sufro mucho la página en blanco, le escapo. Me mata de ansiedad el cursor titilando, es como un segundero que me pisa los talones y si bien no tiene sonido, te juro que lo escucho, te juro que retumba un montón como si fuera un bombo en negras al ladito de mi compu. Es como cuando te veo conectado, abro tu chat pero no te escribo. El cursor siempre marcando la agonía, pidiéndome a los gritos, “escribí, no seas cagona”. Es una escena que se repite hasta el hartazgo, quizás porque tengo la ilusión de estar en ese momento parada en tu ventanita titilando y ver tu “escribiendo…” de golpe. El corazón siempre me da un vuelco cuando de la nada me escribís. Cuando lo hacés sin saludarme, pateando la puerta, como retomando una vieja conversación o haciendo de cuenta que ya venimos hablando durante todo el día. Le sonrío a la pantalla esperando que la tuya te devuelva mi sonrisa. Me emociono como mi perro, cuando después de un día fuera de casa por trámites y favores a mamá, me ataca en el sillón a puro beso y mechones de pelo. Por momentos pienso en lo terrible de todo esto y me acuerdo de la vez que se lo terminé contando a Juli. Ella es callada, pero tiene la palabra justa para todo. Además, me saca la ficha al toque.

Juli, lo que me pasa es que…
No me digas nada. ¿Te vas a dormir pensando en él?
Sí.
Ok.

Sigo este mail desde la cama, tipeando desaforada, pensándote bien bajito justo antes de dormir, como me dijo Juli. Fausto duerme al lado mío y ronca un montón. Su ronquido me ayuda a tapar todo esto que siento y te escribo para poder esconderlo bajo la alfombra. No te conté, pero el finde pasado se casó Maia, una muy amiga mía. No sé si alguna vez te lo dije, pero no creo mucho en el matrimonio. Bah, no creo mucho en esa necesidad de etiqueta o casillero obligado por el que las parejas sienten que alguna vez tienen que pasar. Sí creo en las cosas que me enseñaron de chica, en las canciones que me cantaba mi mamá. Creo en las manos de mi abuela, en las navidades en familia y a los gritos, en la gente que te abraza fuerte y te mira a los ojos cuando te dice algo importante. Creo en tu mano acariciando mi panza, como dibujando el mapa de trenzas y calles que va eligiendo nuestra historia. Esta que escribimos a diario, callados, de lejos, vos allá, yo acá. Peleándole la pulseada al mundo y a todos los relojes con pilas que nos apuran. Te estaba hablando del casamiento de Maia, perdón. Colgué. Me emocioné, lloré, me reí, me emborraché. Pensé en vos en más de un momento, ¿sabés? Te imaginé conmigo ahí, rodeados de verde y paz. Pensé en lo lindo que sería que nos alejemos por 5 minutos del tumulto del baile y el griterío, que veamos cómo cae el sol detrás de la arbolada, que el murmullo de la fiesta se arrastre hasta nuestras sillitas como olas cansadas. Pensé en la forma que le daríamos al mundo mientras congelábamos en una foto ese momento para siempre.

Voy a confesarlo: a veces tengo la esperanza de cruzarte en la bicisenda. Vos yendo para el barrio, yo yendo hacia vos, manoteando a oscuras. Juro que puedo verte venir de lejos, haciendo air drumming con “Nene de antes”, sonriendo porque la vuelta a casa justo fue con solcito y un poco de calor. Y quiero cruzarte justo ahí, cerquita de Melián. Que los dos nos miremos con sorpresa, que nos riamos por lo gracioso de nuestros cascos y por lo estúpido y perfecto de coincidir ahí, a pasitos de una birra bajo el techo de árboles de esa avenida que amo. Que hablemos de lo mucho que nos gustamos, que nos miremos a los ojos y sepamos que está todo bien (me gusta mucho gustarte mucho porque termino gustándome un poco más a mí misma). Porque revivo un poco cuando te veo y toda la maraña que llevo en la cabeza baja por un ratito al piso para poder hacer pie y abrazar todo lo real. Porque los abrazos con vos son como una mañana de sol en el campo, con los pies descalzos sobre el pasto. A la altura de Sucre, una cuadra más adentro, hay un paredón verde, vivo y natural que cubre toda la calle Enrique Martínez. Cuando era chica pensaba que esa calle era por algún actor famoso… decime que Enrique Martínez no te suena a protagonista de telenovela vieja, dale. Y ya que estamos, creo fervientemente que Enrique estaría muy orgulloso de saber que nos tomamos una re birra en su calle, mientras te cuento muy entusiasmada que toda esta enredadera que se come mis ojos y la pared, en realidad se llama “enamorada del muro”. Y ya te veo, abriendo la boca en cámara lenta, como aprendiendo algo nuevo, aunque ya lo sabías. Porque vos sos así, no me querés matar la sorpresa. No querés spoilearme el gesto obvio, la palabra inevitable. Querés que todo sea increíble todo el tiempo, ¿y cómo no lo vas a lograr si me tenés pelotuda hace rato, vomitando este mail hace semanas sobre campo minado y lleno de ronquidos? Me recogí el pelo de una manera distinta porque lo tengo mucho más largo que cuando me conociste. De eso te diste cuenta. Me decís que los vestidos me quedan como a nadie y te creo. Hoy mi perfume es más intenso que siempre, porque sabe que te vuelvo a ver. Lo digo en voz alta, quiero un calendar para llenarlo de días con vos. Llenarlo de comidas que cocinamos juntos, de siestas con lluvia, de series en Netflix, de meriendas al sol, de birras por la calle o en el balcón. De paseos en bici y escapadas espontáneas, de risas en el cine, de cumpleaños de amigos, de fiestas borrachas en terrazas, de noches de verano con el vientito lindo y fresco que me acaricia las piernas mientras entrecerrás los ojos por el humo de mi cigarrillo.

Nadie me ve como vos me ves. Nadie me abraza con tus palabras, con tus detalles, con tus putas canciones que suenan en cualquier lado, todo el tiempo. Ni Fausto, que ahora es un extra en todo esto, que abre la heladera mientras se rasca la panza, que piensa en que todo está como siempre, en su lugar. Ni él registra todo este bardo que me ecualiza la cara y que se para en nuestra cama y grita como un nene pasado de rosca mientras él sigue durmiendo y roncando. Quiero decirte que no me puedo ir a dormir sin pensar en cómo fue tu día, sin saber si encontraste alguna canción nueva para mostrarme o si abriste mi ventanita y vos también te colgaste ahí, esperando la sorpresa, hipnotizado por el cursor que titila. Sabés que nosotras, las chicas, no tenemos que irnos a dormir con el pelo mojado o atado. Sabés que al otro día es un quilombo, un lodazal de puras tragedias. Quiero que sepas que yo no pienso deshacer todas estas trenzas cuando me ataca el sueño. No pienso desdibujarte ni taparte con risas de siempre, a las que ya estoy acostumbrada. No puedo desatar todo esto que me pasa con vos. Tampoco quiero.

Hace unos días me la crucé a Juli de nuevo. Me pinchó con su sabiduría.
¿Te hace sentir linda?
—Sí.
—No lo dejes ir.




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lunes, 9 de noviembre de 2015

un poquito Juan Román



un día voy a salir a gritar, borracho
que me cago en la magia
en lo fantástico
en las coincidencias
en los viajes en el tiempo
en todas esas figuritas que vos sola tenés
y me llenan el álbum
porque es una guachada
estornudar sobre un Rembrandt recién terminado
no llorar con Adiós Nonino
o no comer el caracú de los huesitos
que juntamos en el plato
porque es una guachada
fundirnos en la carambola de la risa
y no sacarnos la ropa
sin respiro
sin respeto
a pura trompada limpia
porque te quiero desde antes
sin fechas ni nombres
desnudos en la anécdota borracha
de una terracita por Congreso
ahí donde el plástico se olvida de mi mano
donde el alcohol borra las caras
donde la noche se caga de risa
de lo a contramano que venimos

somos un bardo divino
un galpón lleno de besos
Dave Matthews Band en vivo
somos una pieza
perfectamente encastrada
sobre el abrazo del otro

no quiero hablarte de lejos
que el eco se coma la luz y los detalles
no quiero escucharte
hablando en presente
desde todas esas fotos
que ya revelaste
que ya compartiste
que ya imprimiste para pausar en el tiempo
momentos que hoy ya no combinan con vos
no quiero que estés
en un lugar que no es acá, conmigo
en el barrio de lo nuevo y lo imposible
en el barrio donde todos somos
un poquito Juan Román

tengo en la boca una espada
en la espada una verdad
en la verdad toda la vida
tengo un container
de planes y siestas sin estrenar
me cansé de llegar a tu casa
quedarme parado en la puerta
y ver cómo la ropa
se me prende fuego
con todas las ganas
amontonadas en los bolsillos
pidiendo a los gritos
un vaso de agua

basta de ver todos los goles desde afuera
basta de darle vueltas al corazón
a la locura
a lo que quema adentro
y en serio

un día voy a salir a gritar, borracho
que una piba como vos
se le anime a todo esto
que no te sale decidir


martes, 9 de junio de 2015

Villa Malcolm



—No sabés la que me pasó. 
—Uf, ¿ahora qué, boludo? 
—Nono, tranqui. Pero fue medio un flash… 
—… 
—El jueves fui a un fulbito que me invitó un amigo. Villa Malcolm, ¿ubicás? 
—Sí, jugué un par de veces ahí. Es una olla a presión esa cancha. 
—Bueno, nada. Caigo, no conocía a nadie y en eso lo veo al chabón. 
—¿Qué chabón? 
—El que ahora sale con Car. ¿Podés creer, boludo? 
—Pará, pará… ¿Cómo sabés que era él? 
—Boludo, si no me llevo el premio al stalker del año, pega en el palo. Te digo que era el pibe, lo ubiqué al toque de unas fotos que le vi en el Facebook a ella… o en Instagram, no sé, alguna de esas garchas. 


 Era él, sin dudas. Con su carita de hipster a medio cocinar, flaquito, barba desordenada y pensada “para las chicas” —porque a las chicas le gustan bocha las barbas—. Era él. Camiseta de fútbol retro color verde, con número gastado en la espalda y pintada al cuerpo. Cara de nada, te juro, DE NADA. Y ella, sin embargo, se desvive por este pibe. No sé qué onda. El amor es una hermosa y exótica bestia que muy poca gente logra domesticar, no queda otra. Nunca voy a entender los ocultos mecanismos de la pasión, del encantamiento. No entiendo qué pases mágicos hará la química del cuerpo para cantar “Bingo” a dúo en un quilombo de cuerpos estallados de revolución y fantasía. No entiendo el porqué de la sonrisa en la cara de ella. No entiendo el porqué del gesto tranquilo y pausado en la cara de él. Estoy buscando fantasmas entre las faldas del tiempo. Estoy boxeando bajo el agua con la proyección de un wing derecho al que no le conozco la voz, pero sí las intenciones. Encima el chabón la mueve, ¿ella lo habrá visto jugar al fútbol? ¿A cuántas minas habrá enamorado con su look de futbolista despreocupado mientras tira magia con la pelota? Me acuerdo cuando Car me contó que se estaba viendo con otro flaquito. “Te tuve que haber contado antes. Perdoname, no te quiero lastimar” y todo el pelotón de frases hechas que en ese momento no hacían más que adornar el infierno de puteadas internas que desataba con silenciador. Y de repente, a ese flaquito lo tenía frente a mí, con medias hasta las rodillas y unos botines que resultaron ser unas zapatillas de tela viejas. El pibe tiene la cara planchada de paz porque sabe que después de ese fulbito de jueves, llega a su casa, el vapor de la cocina inunda el ambiente y la voz de ella resuena entre las paredes con un “Pegate un bañito rápido que la cena está en 10 minutos”. Acto seguido la agarradita por la cintura mientras ella prueba la salsa, el beso en el cuello, la cena, el vino, la charla, la fiaca, la cama, los besos, el amor. Está todo bien en esa secuencia. Este fulbito es un fulbito más. Es otro jueves que después de un par de pases y piques cortos, va a terminar con vuelta olímpica en la cama, con la cara de ella sobre el pecho de él, con el murmullo de una peli que dejaron por la mitad de fondo. Y yo peleando cada pelota como si fuera la última, porque este es mi partido, esta es mi final. Un jueves de noche, en Villa Malcolm, con todos tipos rotos y maltrechos como yo. Sabella, no me llevaste al mundial, no te la perdono. El fútbol también crece en codos transpirados de la noche como este. Acá dejo la vida, el corazón. Cuando llego a casa sólo tengo el eco de mi respiración, la soledad a los gritos, la comida fría del mediodía, el zumbido de la luz de tubo. Cuando llego a casa, arrojo los huesos en un rincón y dejo que la ducha caliente me traiga de nuevo a la vida. Porque estoy solo, Sabella. Porque la cabeza la tengo en esta cancha, mientras corro hasta donde me dan las piernas y trato de anticipar las jugadas 2 o 3 casilleros antes que el resto. Porque ella lo eligió a él, y está bien que así sea. Simplemente no se enamoró de mí, a veces pasa. Le pasó, nos pasó. 


—NO ME JODAS, BOLUDO. ¿El sabe quién sos vos? 
—Nah, qué va a saber… 
—Contame, ¿lo raspaste?, ¿le diste?, ¿qué pasó? 
—Nos tocó jugar juntos. El pibe es súper ligero, vuela… y encima no es morfón. Me hizo un montón de pases filtrados y en una definí de emboquillada al arquero. 
—Ah, perdón, “Messi y Neymar”. Ahora son “amigas”, dale. 
—Ni un poco eh, pero el fútbol es mi casa. Y en mi casa te doy la bienvenida.




lunes, 18 de mayo de 2015

la cárcel de lo inolvidable

recibí este mail por error:






“Parece el sonido del mar” te dije frunciendo el ceño, como si ese gesto me ayudara a agudizar el oído, ¿te acordás? Así nos conocimos. Me respondiste que eran los primeros segundos de Sveglia, como quitándole importancia. Por un momento supuse que me hablabas del edulcorante y no entendí nada. Vos viste que estaba confundida y te reíste. Los dos nos reímos, bah.

“Una canción que tiene trompetas siempre es importante”, pensé en eso, nunca te lo dije. Hoy te quisiera decir todo, como cuando te abrazaba ni bien nos levantábamos después de haber peleado la noche anterior. No me copa dormirme chinchuda, con pensamientos anudados, lo sabés. Ese abrazo te quisiera dar, el que lo abarca y cura todo.

Estoy en un cyber escribiendo este mail porque no quiero llegar a casa, ver las paredes blancas y desnudas que retumban tu nombre a los gritos y ponerme a llorar de nuevo. Estoy en este cyber retrasando la tristeza, cortándole camino al dolor, una cosa así. ¿Te das una idea de lo que me cuesta llegar a ese departamento que hasta hace 1 mes compartíamos? El otro día encontré en el fondo del cajón del botiquín una maquinita de afeitar tuya y el corazón se me hizo un puño arrugado y mojado. A veces pienso que nunca te voy a terminar de sacar de mi vida. Y ojo, no hablo de pertenencias, de fotos, de regalos, de remeras que te olvidaste o de esa maquinita de afeitar. Hablo de caminar por la calle y cruzarme con tu voz en la cara de otro, de verte la nuca en el reflejo de una vidriera, de sentir en el aire que tu olor está presente en cada cosa que hago o digo. Hablo de eso, la cárcel de lo inolvidable.

Quiero vivir en medio de un bosque, libre, pisar donde nadie nunca pisó. No quiero volver a ese departamento gigante y vacío. No quiero tomarme más el 140, ni combinar en Pellegrini con la B para buscarte por el laburo. No quiero caminar por Diagonal, sabiendo que al mediodía podés estar dando vueltas para ver si almorzás en Cabildo de Buenos Aires o si ese día pintó comida por peso. No quiero andar distraída por ahí, con el culo entre las manos. No quiero vivir agazapada en la duda, en los planes truncos, en las entradas que compré para que vayamos a escuchar, con suerte, Sveglia y todas esas canciones que son nuestras. No quiero más.

Me escriben pibitos por privado, saben que no estamos juntos. Me escriben para ver en qué ando, cómo me siento, qué cuento. Estos guachos me huelen, saben cuándo aparecer, no les puedo creer la puntualidad. Me mandan links con canciones lindas. Me sacan una sonrisa a las trompadas y yo que no puedo olvidarme de vos ni de tu puta costumbre de nunca bajar la tabla del baño. No quiero volver a esta jungla de cemento donde soy un buen partido, donde el “escribiendo…” eterno de algún flaquito me va a dar muchísima paja, donde ya no encuentro más maneras amables de rechazar una birra.

Estoy llorando y mordiéndome los labios. El pibe que atiende el cyber me mira de reojo y para colmo, en mi mp3 suena la frase maldita: “Y en esta noche en que te pienso desde lejos, cuento los días que me quedan por pasar sin vos”. Soy una escena cliché sacada de alguna película también cliché, de esas que bajoneábamos los domingos metidos en la cama.



Estoy en este cyber y lo único que realmente quería avisarte es que ayer llegó tu paquete de American Apparel. Perdón por el resto.


Caro.

domingo, 26 de abril de 2015

Carta del Indio Solari a la pibita que todavía no se va



quizás sea momento
de que a nuestra historia
se la devoren
los amigos de lo ajeno
una bandada de pájaros hambrientos
una jauría despelotada
una manada de abrazos desesperados
que no llegan a tiempo
a ninguna parte

y ahora te brilla la sonrisa
por ese pibe nuevo
que no tiene mi perfume
que te alquila el corazón
para que pienses
que esta soledad acompañada
puede ser amor

vos fuiste mi PH
con terraza y parrilla
con noches de amigos
inundando la casa

vos fuiste
besos fundidos
y sábanas lindas
canciones nuevas
que cantamos en un auto
que ya no te trae más
hasta mi barrio

vos fuiste
la que durmió en mi cama
con una remera del Indio

ricotera por un día
sin saber ninguna letra