viernes, 14 de agosto de 2026

100 AÑOS ANTES

 


el barrio se viste con tu nombre . este otoño va a estar lleno de fatalidades y recuerdos estallando en cada cuadra . me veo caminar con un sobretodo marrón que me prestaste el año pasado . me veo sonreír, despreocupado . la pena queda lejos . la felicidad es una foto borrosa en la que siempre estás vos . el sol se refleja en mis lentes redondos y espejados . veo las hojas que se desprenden de los árboles . las veo caer, en fatal e inevitable pausa . las veo inundar la calle hasta taparme los pies . toda la vida en cámara lenta a esta hora de la mañana . todos los perros del barrio ladrando al mismo tiempo para componer una alarma que nos despierte del letargo . en mis auriculares reverbera el angustiante “and now we are one in everlasting peace” . y te veo cruzar a los saltitos por la calle empedrada . esquivando autos a los pedos y charcos de lluvia de la noche anterior . esquivando balas de viejos tiempos . de amores truncos . de gente que no . te veo esquivar todos los rincones que alguna vez mordieron . vas herida por el tiempo y la ausencia . en tus costillas el carmesí de la sangre adolescente . los sueños cagados a palos en el baño de un bar de zona norte . la separación que te rompió para siempre el corazón . el Kintsugi delicado y preciso que te hace distinta y especial . tu alma envuelta en un pañuelito con las iniciales de tu abuela . 



te pesa el cielo y a su vez te veo tan llena de vida en la esquina colorida de la verdulería . sos un color nuevo que se mezcla a la perfección con ese pedacito de realidad . quizás esto es ser feliz . capturar a este momento por la espalda . como a un Pokemon . como a una foto que se disuelve ante mis ojos . condensar todo lo bueno y simple del mundo en una esquina de nuestro barrio . lo vi pasar más de una vez .


vivís en el 1853 y lo sé muy bien porque son 100 años antes del nacimiento de mi viejo . esa siempre fue la referencia . mi memoria actúa de maneras misteriosas . ata cabos y construye puentes entre datos absolutamente opuestos . guarda detalles que nadie ve . olores que pintan una foto . nombres inventados para cada uno de tus lentes . la carcajada lenta que desatas en ciertos momentos graciosos . la manera en la que te acomodas los lentes con el dedo . la manera en la que tus ojos se clavaron en mí aquella primera tarde . me mirabas desde el piso, mientras probaba tus pancakes que fueron la excusa para por fin conocerte . mi memoria es un cajón lleno de papelitos importantes . escribo a diario sutilezas sobre vos . me sé las canciones ochentosas que escuchamos juntos un sábado random a la mañana . sé cuál es tu flor preferida . la peli de Woody Allen que mirarías hasta el hartazgo . 


100 años antes la vida era otra

y sin embargo, siempre fuimos nosotros

perfectos extraños jugando a conocerse

producto del sueño de un borracho que se murió de amor


la petaca gotea sobre el cordón de la vereda . se desata el dibujo perfecto de un río olvidado en la jungla de metal . algún día volveremos al abrazo que nos obligue a pensar en 100 años hacia adelante . pero primero tendremos que perderlo todo . tendremos que volver a cero para cruzarnos en la calle sin saber nuestros nombres . tendremos que desarmarnos enteros para poder armarnos de nuevo .


para pensarnos de lejos

a solo cinco cuadras de distancia




domingo, 25 de junio de 2023

Cierto magnetismo



y ahora que todas las mañanas del mundo

se posan en mi ventana

prefiero a la noche


sofocante

rutilante

consonante

rascando la herida que respira

sobre el borde imperfecto

de mi memoria


que me muestra los dientes

y afila su pelo

para transformarse en una mujer

hecha de tiempo

y misterio


hay cierto magnetismo

en la forma en la que me respondes siempre tarde

en tus dedos despeinando un libro

en tu boca jugando a la mancha 

con todos los rincones de mi cuerpo


pero no quiero 

mañana 

despertar en una cama

desvencijada y caminada 

por tantos otros corazones

tristes y olvidados


quiero la justicia poética

que nos permite una canción

dedicada en el momento justo

marcando el pulso perfecto

de lo que nadie vio venir


digo que hay cierto magnetismo

en tu manera de matar

en los vidrios que rompes a los gritos

en los besos que nos damos

cuando nadie más nos mira


somos esa luz roja encendida

de la tele ya apagada


miércoles, 13 de junio de 2018

I'm not here


(uno del año pasado, cuando llevé las riendas de un taller de escritura)



Supe, desde ese momento, que nada volvería a ser lo mismo. Y digo “desde ese momento” porque fue ahí que vi el fuego triste en sus ojos. Porque fue ahí que la noche dejó de animarse a ser noche para pasar a ser un cuervo malherido, pidiéndole a la muerte que por favor se la lleve bien lejos, bien adentro.
La habitación estaba llena de gente y el olor a cerveza era insoportable. Había un par de pibas borrachas en un rincón que jugaban a sacarse selfies mientras chapaban de mentira, cuando en realidad morían por desgarrarse los músculos en una cama en la habitación de al lado, pero no les daban los huevos. Porque el camino es sinuoso y porque el alcohol es una gran nube que trae consigo lluvia y malas decisiones. Las carcajadas tapaban el bombo furioso del drum n’ bass que dejaba de sonar para darle paso a una de Radiohead. “Eeeehhhh qué bajon” se escuchó desde el baño, pero nadie amagó a cambiar ni nada. El grito desconsolado de Yorke empapaba los vidrios y los ojos de mi amigo Cristian, que estaba tirado en un sofá. Su cara estaba apenas iluminada por la pantalla del celular. Puro scroll en WhatsApp, pura nostalgia de lo que ya no será. Pepa le había pedido un tiempo y el pibe estaba hecho un trapo. Escabiando como si se terminara el mundo, como si alguien de los Récord Guinness le estuviera llevando la cuenta de su maratónico dolor.

Frente a mí, el cuerpo desgarbado de Paulita, arrojado en una silla como un vestido que ya nadie va a querer usar.

Fireworks and hurricanes
I'm not here
This isn't happening
I'm not here, I'm not here...

La canción le hablaba a ella o ella nos hablaba a todos, realmente no lo sé. Lo único que sé, y en lo que vuelvo a insistir, es en que nada volvería a ser lo mismo. Paulita miró el celular, el mensaje peor, el alma hecha un bollo, sus ojos estallando en todas direcciones y lloviendo sin llover. Me miró y desde la punta de la habitación movió los labios para decirme lo que no queríamos saber: “se murió mi viejo, boludo”.

viernes, 25 de agosto de 2017

Animales de la noche




La luz del celular inunda la pieza y yo estoy borracho, de nuevo. Nunca el predictivo me soltó tanto la mano como hoy, NUNCA. Te juro que no estoy escribiendo otra vez en noruego. Te juro que estoy haciendo todo lo que puedo. Simplemente estoy borracho, pensando en vos. Cuando dije “recemos de nuevo” en realidad quería decirte algo así como “rajemos del mundo”. Sí. Rajemos del mundo, vos y yo. Por más loco e inoportuno que suene en este momento. Y no me estoy refiriendo a esa idea romántica que me afané de una canción de los Redondos, sino al “vos y yo”. Eso sí que es constante pintura fresca en las paredes de todo lo que recuerdo.
Quisiera que esta última birra de la noche y del mundo, sea con vos y con DeMarco. Respirando el mismo aire, soportando el mismo bochorno de vernos ebrios y extraños, tratando de despegar la boca con palabras lindas que siempre nos decimos. Quisiera que estemos sentados en una esquina, contemplando cómo un patrullero se prende fuego en cámara lenta. Que nos miremos de reojo. Que sonriamos en clave, de una manera hermosa y muy privada. Muy nuestra.
Me acuerdo de la vez que hablamos de un Top 10 de recitales. De las canciones que podrían formar parte de una playlist interminable sin saltear ni un solo tema. Un play y ya. Así. Como un tiro en medio de la noche. Al aire y porque sí. Me acuerdo que hablamos de lo que nos pincha y desarma, de todo eso que nos hace inmensamente felices. Hablamos del color que tienen nuestros recuerdos puertas adentro. En stereo y blanco y negro, mis postales preferidas:

Carter buscando la sonrisa cómplice de Dave en #41. Nuestro abrazo, beso y medalla en Ants Marching. El solo imposible a 2 guitarras de Mayer en Gravity. Los casi 5 minutos que mantuve apretado el botón para hacerte llegar una nota de voz con Wish You Were Here. Un Luna estallado mientras Mollo soplaba las velitas de su cumple número 60. Las, por lo menos, 15 pibas iguales a vos que vi mientras sonaba Shofukan en Niceto. Mi grito pelado y agónico del “pensando en vos siempre, siempre extrañándote” en Olavarría. El último D.I.E.T.R.I.C.H. al que te invité y no fuiste. Ese verso de Pez que es como el balcón de la que supo ser tu casa.

Mejor te dejo de escribir. Mejor dejo de caminar en círculos por mi casa mientras el “escribiendo…” se hace eterno y reverberante como una anaconda que crece en mi departamento y se traga los muebles, las palabras y mi dignidad.
Quisiera inventar un mecanismo para que lo mejor de mí te llegue de la manera más simple posible. Sin intermediarios. Sin porcentajes descontados. Sin burocracia ni figuritas repetidas. Sin predictivos haciendo bien su trabajo.
No sé bien qué es lo que te quería decir, pero ya ves que te estoy diciendo un montón. Con palabras mal escritas y borrachas, con puros cuervos de un pasado que no quiero soltar.
Ojalá la vida nos deje más frases para la remera y menos gilada por la que llorar.
Ojalá todo fuera tan fácil como la emoción, como andar en bici, como una canción de Él Mató.

En algo nos parecemos...
Somos animales de la noche. Heridos y solos, pidiendo atención y calor. Jugando al camuflaje, repletos de miedo.

Somos animales de la noche, aullándole a la luna en la pantalla de un celular.

martes, 3 de enero de 2017

Las pibas



me gustan
las pibas altas
de lentes
medio chicatas
las que cuando desnudan los ojos
los achinan a tal punto
de hacer la plancha con la mirada
las pibas rotas
que se levantan todas las mañanas
con moretones verdosos
casi olvidados
las que le ponen curitas
a los rincones
que algún pelotudo
no supo cuidar

me gustan las pibas
fumadoras
de lo legal y lo ilegal
las que sostienen el pucho
como invitándole
una pitada al viento
que le peina los pies
en pleno verano
mientras suena de fondo
una voz arrastrada
que obliga al mensaje
"me acordé de vos"

las que son torpes
y se llevan el mundo
y todos los muebles
puestos

las veggies
las raras
las divinas
las tatuadas
las que salvan animales y tipos como yo

me gustan las pibas
que toman decisiones
desde una calesita
a los pedos
y hacen malabares
con sus mambos
y con los besos
que no deberían dar

el bardo me gusta
el tuyo, en especial


martes, 20 de diciembre de 2016

¿Seguís ahí?






cuando te sepas todas sus fotos de memoria
las de perfil que arrastran años y peinados
las de Nueva York 2014 con el novio
las de un finde en el Tigre con amigas
cuando recites en voz alta
en la absoluta oscuridad de tu cuarto
cada una de las conversaciones que tuvieron por WhatsApp
y tu teléfono nuevo ya no guarda
cuando te sepas las mañas, los gestos, el tono de voz con el que te va a pedir pasar al baño
la manera en la que fuma y revolea los ojos
cómo acomoda el cuerpo cuando quiere decir algo importante
cuando un minuto sea un día y cada día sean meses
en un calendario que te consume y que te traga de a poquito
cuando vivir no es vivir, sino es esperar a que el otro se confunda
cuando ella agote todas las opciones de querer ser feliz en otro lado
y se dé cuenta de que todo ese tiempo perdido lleva tu nombre
cuando estés distraído, bien en otra
cuando estés masticando malasangre y bobadas
cuando las calles que camines retumben en el mapa de los dos
amenazando en cada esquina un encuentro, de pedo, por capricho o rabona del destino
cuando te alejes de todo
cuando decidas dar un paso al costado
cuando te tragues tu dolor
cuando tu sed se resigne
cuando por fin, el portazo


en ese preciso momento
cuando todo pensamiento ya no pasa por el ojal de una hoja Rivadavia
cuando ya no quede nada sino el fade out de lo que fue
ahí, en ese preciso momento
ella va a volver


va a volver arrepentida
llena de duda y belleza
ella va a volver apretando un pañuelo
con el rímel despatarrado
y la cara hecha un bardo
va a tocarte el timbre un domingo a las 3 de la tarde
(porque tiene que ser un domingo)
y vos vas a estar refugiado contra la pereza, la angustia y las ganas de morir
en tu cama, que ahora es una trinchera
donde el amor gana todas las pelotas aéreas
donde el amor es Martín Palermo
en su vuelta contra River después de los ligamentos
vos vas a estar agazapado contra el nubarrón
enredando tus piernas con las piernas de alguien más
que no te conoce ni en pedo
como sí te conoce ella


en ese puto momento
ella va a aparecer
brillando desde el pasado
queriendo que tu tiempo sea un fueguito
donde los dos van a acercar las manos


suena el timbre
el cuarto bosteza
se parte el mundo a la mitad
Netflix pregunta si seguís ahí



—¿hola?
—¿me abrís? soy yo...
—disculpá, ya dimos ropa



lunes, 11 de enero de 2016

Mayúsculas, emojis y magia








Ya pasó 1 mes desde que te escribí un mail que nunca te mandé –sí, hago esas cosas a veces-. Cuestión que me mira desde “Borradores” con un (sin asunto) que espera el retorno, el cierre, la estocada final. Desde ya te digo que ese mail nunca te lo voy a mandar, prefiero dejarte esta montaña de duda envuelta en un paquetito de papel invisible y volcánico. O quizás sí te lo mande, andá a saber. Tiene que ser alguna noche, borracha, mientras scrolleo infinitamente en nuestro chat de Facebook donde disparábamos mayúsculas, emojis y magia. Qué loco volver a leer todas esas cosas. Tirábamos manteca al techo, éramos el Diego haciendo jueguito con una de tenis, éramos todo este universo entero y a los pedos, en las palabras de dos locos manijas tomándose todo el tiempo del mundo. Vos no tenés idea del cachetazo que fuiste y que sos para mí. Sos este vientito lindo de verano en mi balcón, el que me peina los pies. Sos el abrazo que pido en silencio cada vez que me caigo, cada vez que me raspo, cada vez que no estás. El perro me huele todas las ganas de verte que tengo, sólo espero que no se le ocurra ponerse a ladrar a cualquier hora, delatando todo este deseo que guardo en frasquitos con tu nombre. Hay días que todo esto que me pasa se rasca la panza y hace un poquito la plancha. Pero hay días que el volumen está en 10, que la piel multiplica todos sus poros y que tu voz suena hasta en mi panza. También hay días que Juli. 

        —Ya pasó 1 mes. 
        —Sí, Juli. Ya sé. 
        —¿Te sigue inundando la cabeza? 
        —Sí, un montón. 
        —Me tenés cansada.



Hace unos días pasó lo más sin sentido que te puedas imaginar: Fausto me habló de vos sin saber quién carajo sos. Se entiende, ¿no? El corazón casi se me vuelca sobre el sillón y su remera nueva. Hubiera sido un verdadero enchastre. Se acercó una noche hasta mi regazo, reptando entre el silencio de la casa y un jazz viejo y apagado. Yo estaba leyendo esa novela que me recomendaste la vez que nos conocimos, la que en cada renglón inventa una manera nueva de traerte hasta mí, como sea, cuando sea. Levantó el celular frente a mis ojos y me dijo “me gustó mucho esto, lee”. Era un texto tuyo, congelado en la pantallita del celular. Sí, uno en el que hablás de Riquelme, de un galpón lleno de besos, de Dave Matthews Band en vivo, de mí. Era un PUTO texto tuyo y no tengo ni la más remota idea de cómo pudo haber llegado a sus manos. Imaginate mis ojos, mi pelo revuelto, mis manos como cascadas, mi panza como un telar de nervios y banquinazos. La lengua se me volvió una calle empedrada y el silencio infinito entre su pregunta y mi respuesta casi nos manda al descenso. “A ver…” dije tratando de parecer desinteresada y lo leí. Lo leí como si fuera la primera vez. Como si leerte se tratara de desteñir todas las remeras que tienen tu olor y las pisadas de tus manos. Te juro que lo leí como si masticara lentamente tu boca en un beso adentro mío, bajo el radar de lo obvio y peligroso. “Sí, es lindo…”, atiné a decir. Y en ese momento me sentí más desnuda y vulnerable que nunca. De repente estabas adentro de mi casa, en patas, abriendo la heladera sin permiso. Estabas ahí, acariciando el lomo del perro, mirándome directo a los ojos con esa mirada de siempre. Estabas entre nosotros, como un recuerdo viejo que no me entra en el puño cerrado. Tuve muchísimo miedo, quiero confesarlo. Tuve terror de pensarte un poquito de más y que se me note en la cara todo este quilombo de preguntas y nudos que me provocás. 

¿Por qué te escribo este mail? La verdad que no tengo idea. ¿Por qué no puedo soltarte bajo ningún punto de vista? Quizás porque siento muy dentro mío que alguna vez voy a dejar de escribirte mails para, de una buena vez por todas, agarrarte la mano y decirte día a día todo esto que me quema. Todo esto que me camina encima, que me deja huella, que me marca el cuero y los tatuajes. Porque confío en que un día de estos voy a dejar de dar vueltas sobre mis propios pies, para poder acompañar los tuyos. Pero ya sabés, me muero de miedo. No te lo digo, pero lo sabés. Te lo dicen mis ojos, mis notas de voz cada vez que intento ordenar mis ideas. Te lo dice mi boca que se tropieza sobre la tuya cada vez que nos vemos. Te lo dice todo este cuerpo grande y acomodado a golpes que se desmorona cuando me tocan tus manos. Yo ya no sé qué hacer con vos, posta. Me cansé de buscar explicaciones. Me cansé de tratar de entender todo este sismo, este ritmo contagioso, este imán imposible de cosas imposibles. Quiero colgarme de tu balcón para que me hables de París, TU París. Que me cuentes de las imbéciles que te rompieron el corazón, de las calles que guardan tus historias. Eso quiero: escucharte hasta el hartazgo, que se haga de día cada noche, incansablemente. Te juro que busqué razones para olvidarte, para enojarme, para pensar que sos un pelotudo y chau. No encontré nada, no tiene caso. Estás ahí titilando cada vez más fuerte y me obligás a inundarme la cara con esta luz blanca que escupe la pantalla mientras sigo tipeando este mail que no sé cuándo voy a terminar. Son las 4 de la mañana y mi casa es un ronquido que ya me sé de memoria. Me doy cuenta de que necesito la sorpresa. Necesito el descubrimiento diario en mi vida. Que cada día me digas una palabra nueva y que la anotemos en una especie de glosario que inventamos. Que me cuentes una historia nueva entre mates y sábanas, que me prometas que cada día va a ser mejor que el anterior, pero más flojito que el que sigue. Necesito amigarme un poco conmigo y aceptar que puedo estar equivocada. Como me dice Juli: “Boluda, aceptá lo que te pasa, abrazalo fuerte. Es la única manera de hacer las paces con todo eso que ya no te va a tapar por la noches”. 

El otro día tuve un sueño rarísimo que te quiero contar. Resulta que estaba caminando por mi barrio, paseando al perro. Tenía puesto el vestidito de la suerte, ese que es un estornudo de colores y combina con todas las birras del mundo, sabés de cuál te hablo. Y en eso, pum, te veo. Ibas con tu caminar cansado, mirando para cualquier lado. Entonces corrí hasta vos y tus ojos se agrandaron tanto que casi me caigo de cabeza con perro y todo adentro tuyo. Nunca te vi tan sorprendido, fue raro. Me acuerdo que caminamos un montón, que hablamos sin parar hasta que se nos aflojaron las piernas. Estabas radiante, lindo como nunca y un poco incómodo. La boca se te derretía de los nervios y te la acomodabas con la mano, disimuladamente. Anoté ese gesto junto al de cómo te agarrás la cara cuando pensás y al de cómo me mirás de reojo con picardía mientras fumo. En un momento llegamos hasta la arbolada de la calle Tamborini, donde descansan las cotorras durante el verano. Ahí empezó el quilombo. Una especie de remolino descendió en ese momento desde el cielo y el griterío de las cotorras de repente se mezcló con todos los goles del Poli, con la Avenida Crámer que me da mucho miedo para andar en bici, con todos los clones que tenés dando vueltas y no paro de ver cada vez que salgo a la calle. También con un vino tinto (o quizás tres), con ese sillón ideal para la siesta, con una dedicatoria que me dejaste en un libro. Con una terraza, con el atado de puchos que dejé en tu casa, con una entrada de un reci al que no fui. Se mezcló con “Mirrors” mientras me saco el vestido y te digo las cosas que te digo. Nos abrazamos fuerte y te juro que de la nada hubo silencio, como un blanco absoluto. Sólo sentí tu respiración en mi cuello y ahí fue que me di cuenta de que todo esto que vengo escribiendo, pateando, atajando y sintiendo, realmente está vivo. Ahí te sentí más claro y cerca que nunca. En ese abrazo sentí que no te quería soltar nunca más. ¿Sabés lo que es sentir eso? ¿Sabés lo que es despertarse llorando y temblando, cruzando los dedos para que todo eso fuera real? Yo te quiero para mí, aunque todavía no lo sepa. Yo te quiero entre mis cosas, escondiéndome las llaves cuando tengo que salir y me obligás a quedarme en la cama un ratito de más.

El perro acaba de saltar sobre la cama pidiendo paseo mientras el cuerpo se me vuelve un nudo marinero de amor, qué oportuno. Me apuro a salir, a prender un pucho y bucear en el cemento. Te quiero ahí de nuevo, pero esta vez despiertos. Son las 4 y pico de la mañana y mi hermano me acaba de dar la peor noticia: se murió Bowie. Estoy destrozada, no puedo escribir más. Necesito un abrazo tuyo más que nunca.




Te dejo un beso. 
Te lo doy en un rato. 



*Asunto: Mayúsculas, emojis y magia*


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