sábado, 30 de agosto de 2008






















AH UM!..dijo un sapito
ciclo de poesía y música


:: viernes 5 de septiembre - 21.00 hs ::



>> POESIA

Leonor Silvestri, Liliana García Carril, Dani Riera
+ Diego Suarez, Lucas Balducci (7 grados)


>> MUSICA

Soy de plush + +




en LIBARIO
Julian Alvarez 1315

GRATIS !





lunes, 25 de agosto de 2008

escribo tu nombre en el mío





toda esta soledad
y sus 16 tonos de blanco
el alunizaje perfecto
del último hombre que amó


la televisión prendida
desnuda una postal sin paisajes
como un desamor sin amor
mientras los días se extinguen
en mi cama


pasan los días
las horas, los mares
..y paso yo
pasan historias
mentiras, verdades
..pasa todo menos vos


mi boca reseca
y sus 15 minutos de fama
el olvido es un asteroide
en la órbita del hombre que amó


en terapia intensiva
descansa un corazón en silencio
llorando sus propios latidos
mientras tu cuerpo se extingue
en otra cama


pasan los días
las horas, los mares
...y paso yo
pasan historias
mentiras, verdades
...pasa todo menos vos


escribo tu nombre en el mío
para no olvidarme nunca
que quizás yo sea aquel 
el último hombre que amó






(esta es una letra que escribí como Soy de plush para una canción que haré en conjunto con el gran Sietecielos, quien se encargará de musicalizarla prontamente)






jueves, 14 de agosto de 2008

22/08 en La Boca





El 22 de agosto me invitaron a participar de un ciclo en La Boca, en el cual leeré algunas poesías..

Me acompañarán, entre otros, mi amigo personal Gerard y mi nuevo amigazo el groso León aka Sietecielos, en una performance musical para no perderse..

También participarán de la velada Gomeka, Srta. Carolina y Juli Sabanes cerrando una noche para chuparse los dedos.. 

dónde ? cómo ? cuándo ?  toda la data en el flyer.

martes, 5 de agosto de 2008

Los cipreses del jardín de la casa de Inés




.. Los cipreses del jardín de la casa de Inés parecían pintados a mano. A mano experta y bohemia, comprados en Plaza Francia, sobre una fina cerámica pálida. El pequeño caniche toy movía la cola y se prendía a mi pantalón de lino recién estrenado. Es que hacía calor y ese enero prometía ser el más caluroso en los últimos 50 años. En el jardín de Inés solíamos tomar el té sentados en los bancos de mármol junto al rosal, que daban a las espaldas de la fuente. A veces, si se estaba atento, se podía ver el arcoiris flotar entre Inés y yo, pero solamente cuando la boca de ella se me hacía puro movimiento y mis ojos volaban como moscas en el alrededor.


Inés era blanca como su caniche toy. De una piel ultra sensible y delicada, hasta podía verse el flujo de sus venas en sus manos a veces azuladas. Su pelo era negro y enrulado, larguísimo en su espalda. ¡Oh, su pelo! Siempre jugaba con él, con el más tonto y débil de mis dedos. Enrulaba sus puntas mientras ella me hablaba de los viajes por el mundo cuando niña, de su primera muñeca hindú, de sus tazas chinas para el té. Inés amaba este jardín. Me amaba a mí sentado en su jardín que amaba. Un amor dentro de otro, como mamushkas interminables, parecidas a las que vi en la mesita de su sala de estar.


Las tardes en el jardín de Inés parecían mundos, siempre irrepetibles. Tantas veces nuestras charlas adornadas por el cantar de los pájaros y sus colores brillantes. La semana en que modelé para ella mientras me retrataba al óleo. Aún conservo ese cuadro único en la pared de mi casa, en donde ilumina más el sol. Yo sonriendo, sentado en esos bancos de mármol donde solíamos tomar el té, con la mirada perdida hacia un costado. La fuente disparando hacia el cielo mezclando el agua en el sol. Bellísimo retrato, demasiado realista para mi gusto pictórico. Yo que siempre fui un amante del arte abstracto en general, debía aceptar que Inés tenía estilo y buena técnica. Lo que nunca supe, ni quise saber, fue por qué agregó un niño pequeño jugando con una flor sentado un par de metros a mi espalda. Quizás Inés quería que tengamos un bebe e inmortalizó su deseo junto a mí en ese cuadro. Nunca podré saberlo. Nunca me lo dijo. Tantas cosas callamos con Inés, jugando a que nos sabíamos los silencios. Hubiera deseado conocerla un poco más, desprenderla de su mundo, de su jardín. Hubiera deseado estar con ella en su momento más difícil, torcerle la decisión y no convertirla en un recuerdo.


Su jardín nunca estuvo tan concurrido. En esos bancos de mármol están sus tías y abuelas, todas sentadas en círculo con sus tacitas inmaculadas en sus manos. Más allá, cerca del rosal, hay un señor de bigote blanco y uniforme militar. Debe ser su abuelo, el general Hindú del que tanto me habló, es igualito a cómo supo describírmelo. Lo rodean 3 muchachos flaquitos, calcados, peinados con gomina, posiblemente sus primos. El caniche toy se pasea entre las piernas de todos, yendo y viniendo, parece perdido. Pobre pichicho, parece que quedó a la deriva en este mundo, como yo. Inés está tan blanca como siempre. Con sus labios dormidos, inmutables y sus ojos aferrados al sueño voluntario que ella eligió. Su pelo negro brilla a medida que recuerdo a mis dedos paseándole las puntas. Su cuerpo mudo, me grita que la cuide por siempre, como así también a este jardín. Donde los cipreses se mueven lentamente por la brisa que recorre esta tarde, la última. Quizás Inés lo quería así, quizás ella misma lo pintó..